
-los adamitas están asombrados
por lo que les rodea,
visionarios de su mundo interior
permanecen ingenuos ante la realidad que le desborda-.
pero a veces me asaltan
los mismos síntomas desconcertantes.
Para una urbanita ignorante como yo, que no sabe a que hora exacta se pone el sol,
participar como observadora pasiva en el juego rutinario
de la naturaleza,
contemplar como se despide el día
con el ocaso en llamas,
mirarlo con la perspectiva de kilómetros de visual,
es un espectáculo mágico.
O ver crecer el amanecer
como un velado telón plateado,
hasta que, súbitamente, es asaltado por un pálido rayo de sol
creando un juego de luces fascinante
y enternecedor,
por que se tiene la certeza de que siempre ha sido así,
y así seguirá siendo por siempre.
Dejarse envolver por el manto de un crepúsculo calmo
dejando que las horas sigan su curso
hasta no divisar tu propia mano
puede ser curioso de mirar,
o excitante,
como en un parto en el que te ves involucrado
-inesperado espectador-
sabiendo que no te está dada la participación.
Domesticar las emociones que nacen primarias y ancestrales
para no sentirse ínfimo,
para no lacerar la parte oculta, íntima,
de lo que llamamos conciencia.
-si no me diera pudor, lo llamaría alma-
.