
Ayer, volví a comprar flores.
Lo mío, visto mi alergia al polen, es una estupidez bastante considerable. Sólo cruzar la puerta de la floristeria y antes de llegar al mostrador ya me despaché con dos estornudos, me rasqué el dedo índice de la mano izquierda y mientras me acercaban las dos plantas elegidas para envolverlas, arrugué la nariz por no frotármela, apenas diez segundos después cuando ya estaba pagando, sentí que la lengua se ensanchaba en mi boca -el lado derecho cogía espacio y me apretaba las muelas- estaba deseando salir rápido de aquella habitación de pequeña tortura..y de la carnívora que instalada decorativa al lado de la caja registradora, parecía faltada de nutrientes y me miraba maliciosamente, la verdad no sé con qué intenciones.
Compré tierra, tiestos grandes, y me sentí como una auténtica jardinera al llegar a casa, mirando al cielo porque la luz se apagaba y un tono gris plomizo se extendía amenazando lluvia. Si, finalmente llovió, aunque más tarde.
Hice cambios, me puse perdida con la tierra abonada: que olor, que esponjosa textura. Ay, papá Proust, que recuerdos me vienen de la niñez cuando toco tierra fértil.
Después de varias idas y venidas -mala compra de tiestos, demasiado pequeños, y vuelta otra vez a la tienda de los horrores- más trajín de tierra, ummm, pero que embobada me quedé, que distribución, que resultado final el de mis balcones..aunque, qué le pasa a este limonero con solo dos limones? y el pequeño ciprés que no crece más porque no le da la real gana, celoso como está, con cara de cementerio porque ambiciona la tierra de su vecina la hortensia. Se lo he dicho: no, que no, que no hay más espacio, que hay que repartir...
Son como niños.
Hay algo más contradictorio que apasionarnos por las cosas que nos hacen daño?.
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